sobre la mayoría

Asch_experiment

 

¿Cuál de las 3 líneas de la derecha es igual a la que ves a la izquierda? ¿Estás seguro? Quizás deberías fijarte bien…

Supongo que, dado el historial de este blog con las ilusiones visuales, muchos de vosotros estáis esperando a que diga que la respuesta correcta es la A, que todas las líneas son iguales, que no se mueven o que os habéis perdido el gorila (¿?)… Pero no, esta vez lo que véis es lo que de verdad es.

Sin embargo, que pensaríais si yo dijese que es la línea B la que es exactamente igual a la línea de la izquierda. Además, pensando que es un error, le echáis un ojo a los comentarios de la entrada y leéis cosas como “yo también creo que es la línea B”, “es la B!” o “de lo que estoy seguro es de que no es la C”. ¿Dudarías de vuestra opinión?

Esta es la idea detrás del experimento que comentamos hoy. Un experimento de hace más de 60 años que llevó a cabo el psicólogo polaco Solomon Asch y que a pesar de lo lejos que queda en el tiempo resulta tan interesante como si fuese un artículo de la revista Nature de la semana pasada (en realidad más). Es posible que algunos lo conozcáis, pero también es posible que se os haya olvidado lo que debemos aprender de él. Así que allá va:

La idea es muy simple: Solomon reunía a un grupo de 8 estudiantes y les mostraba imágenes similares a la que yo he puesto más el rotoarriba. A continuación les preguntaba uno por uno exactamente lo mismo que os he preguntado yo al comienzo de la entrada:

¿Cuál de las 3 líneas de la derecha es igual a la que ves a la izquierda? 

La respuesta es obvia. Pero la clave del experimento está en que siete de los ocho estudiantes estaban confabulados con Asch para responder mal (mal,pero todos igual). El sujeto número 8, al que se le preguntaba en último lugar, no sabía nada. El objetivo de Asch era estudiar su reacción ante tal negación de la evidencia por parte de tanta gente (el 87.5% de los encuestados). Por un lado estaba lo que le decían sus ojos y por otro la presión del grupo…

Y resultó que más de un tercio de los sujetos (el 37%) cedió a la presión hasta en 12 ocasiones (número de veces que se les ponía ante el aprieto). Más aún, el 75% de los sujetos llegó a contestar erróneamente al menos en una ocasión, siguiendo lo que la mayoría decía.

Supongo que todos experimentamos, en mayor o menor medida, el peso que la opinión general ejerce sobre nuestra forma de pensar.  Y creo que, hasta cierto punto, el hecho de que le demos ese poder a lo que dice la mayoría es útil (en ello se basa la democracia). Pero sigue siendo impactante pensar que 1 tercio de la población, bajo las circunstancias adecuadas, negaría la realidad más palpable sólo porque los demás lo hacen.

¿Y cómo se justificaba este 30% de la población? En las entrevistas realizadas tras el experimento, Asch descubrió varios tipos de conductas. Había quienes llegados a cierto punto pensaron que de algún modo estaban equivocados (la mayoría entraba en esta categoría) y quienes nunca pensaron que la respuesta correcta era la que daban sus compañeros pero no querían parecer inferiores. Hubo incluso quienes de verdad habían llegado a percibir la realidad completamente deformada y la respuesta errónea como verdadera. Asch comentaba en su estudio que un sujeto reconoció:

 “I suspected about the middle – but tried to push it out of my mind” (lo que más o menos quiere decir: “sospechaba que podría ser la línea del medio- pero intenté sacar esta idea de mi cabeza”)

Pronto, más sobre disonancia cognitiva.

  Manuel Molano

¡Ojo, que la vista engaña!

cata de vinosLa mayoría de ejemplos del refranero español no están comprobados científicamente, es más, pocos tienen razón de ser. Pero cuando nuestras madres desenfundan su repertorio, dejan las predicciones de Nostradamus a la altura del betún y acabamos diciendo: “mi madre tenía razón”. Sin embargo, al dicho popular  “ojo, que la vista engaña”  podríamos añadirle el resto de sentidos y seguiría siendo igual de cierto. Valga el experimento del que hablamos en la entrada de hoy como demostración. Y es que allá por 2001, el frances Frèdèric Brochet, de la Univesidad de Burdeos, evidenció el poder de la vista al engañar a  nada más y nada menos que a 57 expertos en vino en su propio terreno.  Lo hizo de la siguiente forma:

Los incautos enólogos fueron sometidos a dos pruebas. En la primera se les sirvió dos vinos idénticos, uno en una botella de Gran Reserva y otro en un envase de Vino de Mesa. Y resultó que, aunque los dos recipientes contenían “un Burdeos de precio medio”, el que llevaba la etiqueta más cara recibió por mayoría absoluta mejores adjetivos, propios de un vino de calidad, que el otro. Interesante…  En la segunda prueba, los expertos participaron en la cata de dos vinos, uno blanco y otro tinto. El tinto recibió valoraciones típicas como “afrutado” o “textura consistente”. Todo muy normal. Lo que Brochet  no les había comentado a los enólogos es que las dos copas contenían el mismo vino blanco, solo que una llevaba un colorante insípido que teñía el líquido para disfrazarlo de tinto…

¿Qué estaba pasando? Se suponía que esta gente era experta en degustar vinos, ¿no? Bueno, quizás los sujetos percibían realmente esos sabores afrutados en el vino blanco porque estaban condicionados por una información (falsa).

De hecho, en un estudio similar,  investigadores del Instituto Tecnológico de California en la Stanford Business School, pudieron detectar que el cerebro de los sujetos respondía a lo que ellos creían que estaba pasando y no a lo que realmente ocurría. Me explico mejor: los participantes debían beber vino de distintos precios. Cuando les anunciaban que la copa que iban a cata de vinos preciotomar era la más cara, la disfrutaban mucho más: a través de resonancia magnética funcional (FMRI), se comprobó que las zonas comúnmente asociadas al placer (corteza media orbito-frontal izquierda) se activaba mucho más cuando los sujetos creían que bebían los vinos más reputados.

Se podría hablar en este caso del tan nombrado efecto placebo, que no es más que una reacción provocada por lo que crees que va a pasar. La expectativa puede llegar a influir tanto o más que la realidad, aunque esté ocurriendo delante de tus ojos. Para resumir y citando a Johann Wolfgang Von Goethe (y no a mi madre), nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos.

Estela Matilla

Decisiones irracionales

tables visual illusionTantas veces se ha hablado de ilusiones visuales en este blog, que espero que ya todos hayamos asumido que nuestro cerebro no es perfecto y que a veces se equivoca. Y sobre todo que cuando se equivoca, lo hace sin remedio. Quiero decir que, si yo os explico con toda la paciencia de la que soy capaz que en realidad las mesas del dibujo de la izquierda tienen la misma longitud y que sois vosotros los que os estáis inventando que no es así, podréis decirme (si sois sensatos): “Estela, tienes razón, ¡qué equivocado estaba!”, o, bueno, quizás algo menos solemne… Pero luego miráis otra vez el dibujo y parece que nuestra pequeña charla de hace un momento no haya servido para nada y la mesa de la izquierda sigue siendo mucho más larga que la de la derecha. Son cosas que nunca vamos a aprender. Nuestro cerebro está muy seguro de su equivocación.

Y bueno, este ejemplo (sacado del vídeo de más abajo) no deja de ser una anécdota. Pero si lo pensáis, si tenemos problemas para detectar este tipo de errores de percepción, y se supone que ‘ver’ se nos da muy bien, ¿qué ocurre cuando se trata de acciones que no son tan cotidianas? Por ejemplo, cuando tomamos decisiones. 

En el vídeo que comentamos hoy,  Dan Ariely formula la siguiente pregunta: ¿tenemos el control de nuestras decisiones?

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mirar es fácil con los ojos abiertos

La próxima vez que te ates los cordones, fíjate bien en lo que estás haciendo. O mejor dicho, lo que hacen tus manos mientras tú tratas de recordar todas las cosas que tienes que comprar en el supermercado. Te darás cuenta de que atarse los cordones no es fácil en absoluto. De hecho, si intentas entender bien cómo lo haces, te lleva un rato (y además se te olvida que tienes que comprar pasta de dientes). Y si intentas explicárselo a alguien, lo que haces es atártelos tú a su lado y le dices: “¿ves? haces así y luego así”. Una gran explicación.

Esto mismo pasa con cientos de tareas que hacemos todos los días (el ejemplo que se suele poner es el de conducir). Con todas ellas nos pasa que no sabríamos bien cómo explicarlas, sólo las hacemos. Cada uno de nosotros podría dar decenas de ejemplos, pero es curioso que ninguno nombraría una de las tareas más sencillas, una que el 99.9% de nosotros hace y que además es una de las que mejor hacemos: ver. El motivo es que no la entendemos como una tarea, es tan básica, tan inherente a nosotros mismos, que ver es… ver, ¿no? No me imagino a nadie explicándole a otro “¿ves? haces así y luego así” moviendo los ojos para los lados…

Hemos hablado ya muchas veces de la inmensa tarea que lleva a cabo nuestro cerebro mientras nosotros le buscamos la pareja a nuestro calcetín en el cajón. Ver es tan difícil que nuestro cerebro dedica el 50% del espacio que tiene a hacerlo. Pero, como una imagen vale más que mil palabras (por aquello de que somos muy buenos viendo, no sé si lo he dicho alguna vez) os pongo esta de aquí abajo para que entendáis el problema que tenemos entre manos:

bicicleta

Esto que tenéis aquí (sacado de este artículo) es una fotografía en blanco y negro de una bicicleta atada a un árbol. Lo único que se ha cambiado en ella es que la intensidad de cada pixel se muestra en forma de relieve (cuanta más intesidad, más altura). Pero la información es exactamente la misma. Lo que pasa es que mostrada así, no tiene ningún sentido para nosotros desde el punto de vista visual. Eso sí, nos ayuda a entender el problema mucho mejor, porque nos confronta con la tarea de analizar una imagen pero en un formato que nuestro sistema visual no entiende. Como dice Bruno Olshausen en este interesante vídeo (~min 63),  “you have to get yourself out of your brain to understand what the problem is” (tienes que salirte de tu cerebro para entender cuál es el problema).

La neurociencia lleva más de 100 años estudiando el sistema visual de ratas, ratones, gatos, ranas, cuervos, monos y humanos para tratar de desentrañar cada paso que lleva de la imagen de más arriba, a una bicicleta de carreras, con dos bidones de agua apoyada en un árbol. Esta de aquí:

bicicleta 2

Y hemos aprendido mucho (aquí un resumen de todo lo que sabemos), pero todavía quedan cosas importantes por entender. Este mes, nosotros podemos decir que hemos contribuido con nuestro trabajo a que todo aquello que no entendemos sobre el sistema visual sea hoy un poco menos:

Statistical Wiring of Thalamic Receptive Fields Optimizes Spatial Sampling of the Retinal Image

Este que veis es el título del artículo que hemos publicado y, traducido al español-no-científico, viene a decir que las conexiones neuronentre las dos primeras estaciones en el sistema visual del gato se establecen de forma óptima. ¿Óptima cómo? Pues de tal forma que ni se pierda ni se repita información. Parece un resultado lógico ¿no? Dado lo difícil que es ver y el poco espacio que tiene el cerebro para hacerlo, no parece mala idea que la información no se pierda por el camino. Y también parece razonable que cada neurona procese un mensaje distinto (que no se repita la información). Pero hay una cosa más en el título que quizás es lo más interesante de todo: “statistical wiring”. Estas dos palabras quieren decir que estas conexiones se deciden de forma azarosa, es decir, que no existe un control preciso sobre quién conecta con quién, sino más bien una regla general para todas las neuronas. Algo así como unas normas de buen comportamiento. Y sólo con eso, el resultado es óptimo.

Creo que muchos de nosotros, cuando hablamos de lo complicado que es nuestro cerebro, no somos conscientes de hasta qué punto tenemos razón. Si lo pensáis por un momento, nuestro trabajo no sólo nos dice que el sistema visual del gato es óptimo en términos de gasto energético, espacio, etc. Nos dice también que esto se consigue de la manera más sencilla posible. Y eso quizás es lo más difícil de todo, hacer que lo (increiblemente) complicado parezca sencillo.

Y al final todo se reduce a la Segunda Regla de Orgel:

“Evolution is cleverer than you are” (la evolución es más lista que tú).

Es algo que me temo todos tendemos a olvidar, algunos incluso deliberadamente…

Luis Martínez Otero y Manuel Molano

Ex-céptico

Hoy, y después de mucho pensar en otras cosas, ponemos un vídeo de Michael Shermer, director de la revista Skeptic. En él, Shermer habla de (atención): buscadores de marihuana, ovnis, Galileo y Saturno, caras en Marte, caras felices en Marte, ranas en Marte, la Madre Teresa de Calcuta, la Virgen de Gadalupe en la corteza de un árbol, la Virgen María en un queso de sandwich fundido (por el que un casino de Las Vegas pagó 28.500 dolares), Led Zeppelin y su tendencia a cantar a Satanás (al revés) y Katie Melua y la canción más exacta de la historia de la música. ¡Y todo en 13 minutos y 29 segundos! Así que, aunque sólo sea por ver a este hombre hablar a la velocidad de la luz, os recomiendo que veáis el vídeo.


(si no puedes ver el vídeo, está aquí, los subtítulos los puedes encontrar en la parte de abajo)

Manuel Molano

El vaso siempre está lleno

Hoy, una entrada corta para intentar mandar un pequeño optimista mensaje (perdón por la sintaxis inglesa) a la humanidad en general. Y es que ayer descubrí un vídeo, este vídeo, que me dio que pensar. Se trata de una charla a cargo de Luis von Ahn, conocido por ser un genio en general, pero sobretodo por haber inventado los CAPTCHAS. Los CAPTCHAS son esos molestos cuestionarios que suelen aparecer cuando quieres realizar una operación por internet (crear una cuenta de email, comprar entradas para un concierto…) y que te piden que escribas la palabra que ves en pantalla, una como las que ves aquí a la derecha.

¿Por qué me hacen perder el tiempo con esto? ¿No pueden escribir ellos la palabra? Bueno, ellos sí, pero un ordenador no. Resulta que después de 50 años de investigación y todos esos smartphones,  iPods, iPads y demás virguerías, no existe un solo programa que pueda leer estas palabras. ¿Y qué? Pues que utilizando estos cuestionarios podemos saber si el que está intentando comprar entradas para un concierto de David Bustamante es un ordenador o una persona. ¿Y qué más da que sea un ordenador? Pues el problema es que si permitiésemos a un ordenador comprar entradas para el concierto de David Bustamante, podría comprarlas TODAS, y privar al mundo de la música en directo de ese fabuloso compositor… Porque los ordenadores no son capaces de hacer algunas tareas, pero las que pueden hacer, las pueden hacer millones de veces.

Lo mismo pasa con las cuentas de email. Si se lo permitiésemos, un ordenador podría crear millones de cuentas de email desde las que mandar cientos de millones de emails-spam al día (100 por cuenta).  Y es que el mundo virtual crece al mismo ritmo que lo hace la inteligencia artificial, y cada vez tenemos que poner más controles para asegurarnos de que una determinada operación no está siendo realizada por un ordenador. Y llegará el día (si no ha llegado ya) en que tengas que asegurarte de que la chica con la que hablas frecuentemente por el chat y que parece tener tus mismos gustos y aficiones, ser increíblemente guapa y estar (increíblemente) enamorada de ti, no es un programa que ha creado Amazon basándose en las compras que realizaste en su página web (igual deberías haber sospechado algo cuando la chica, que tiene por Nick AMAZON_MOLA, te proponía continuamente quedar en una librería… ). Entonces, tendremos que pedir como método de prevención y antes de establecer cualquier conversación en el chat, que nos resuelvan un CAPTCHA… O seguramente no, porque tarde o temprano algún informático con tiempo libre escribirá un programa capaz de leer esas palabras torcidas. ¡Y será el final de los CAPTCHAS!

Esto debería suponer una preocupación para el señor Von Ahn, pero es que en realidad, el señor Von Ahn es uno de esos informáticos con tiempo libre. Él también está trabajando en un código que descifre palabras torcidas y con tachones.  ¿¿Y por qué haría eso el bueno de Louis?? Pues porque también trabaja en un proyecto para digitalizar libros y periódicos antiguos, esos que se imprimieron cuando no existían los ordenadores inteligentes y todavía podíamos considerarnos más listos que cualquiera de nuestros electrodomésticos. Algunas de las palabras de esos libros y periódicos tienen el mismo aspecto que los CAPTCHAS de Louis, así que al trabajar en un código que lea estos libros sin errores, está cavando la tumba de su mejor invento (hasta la fecha).

De todas formas, si lo pensáis, todo va bien para Louis Von Ahn. Si alguien descubre el programa capaz de leer sus CAPTCHAS, entonces podrá digitalizar libros y periódicos mucho más rápido y sin supervisión humana. Que no, pues él sigue ganando dinero con la utilización de su sistema de seguridad anti-ordenadores. El vaso siempre está lleno para este hombre.

Esto debería haberle permitido sentarse tranquilamente en el sofá a ver la “tele”, pero Von Ahn es un hombre inquieto y pronto empieza preocuparle otra idea: “qué desperdicio de tiempo”, pensó, “millones de personas tecleando palabras torcidas gastando miles de horas al día.” Esta idea le hizo sentirse mal, pero sólo por un minuto, sólo hasta que tuvo otra gran idea: “¡vamos a utilizar este tiempo en digitalizar libros y periódicos!” . Y probablemente, con esa pequeña frase ganase otros tantos millones de dólares.

La idea es la siguiente:

Su programa de digitalización digitaliza (que otra cosa iba a hacer) un libro: va leyendo palabra por palabra hasta que se encuentra con una que no tiene claro lo que es porque está torcida y con tachones.  Así que se la manda al CAPTCHA. El CAPTCHA la coge y la pone al lado de otra que él mismo ha torcido y emborronado. Y ahora, cuando uno de nosotros (la gente normal) quiere abrir una cuenta de gmail, el CAPTCHA nos pone las dos palabritas juntas y nos pide que le digamos qué palabras son. De una de ellas conoce la respuesta y la utiliza para controlar que no somos un malvado robot, de la otra no tiene ni idea (él mismo es un robot) y nos utiliza a nosotros para que le digamos qué palabra es.

Genial ¿no? Y por eso ahora, cuando quieres hacer una operación en internet, te aparecen dos palabras en inglés torcidas. A veces con algún sentido indeseado:

Nada más que decir. Creo que el señor Von Ahn ya lo ha dicho todo.

Luis Martínez Otero y Manuel Molano

La jerarquía

“Hay tanta distancia entre las leyes fundamentales y el fenómeno final, que es casi increíble que la variedad última de los fenómenos provengan de unas leyes tan estables, operacionales y sencillas”

Esta frase está extraída del vídeo que ponemos hoy en thegraymatters, y me llamó mucho la atención porque se puede aplicar perfectamente a cómo el cerebro analiza la información visual que llega a nuestras retinas del mundo exterior. La idea se basa en el llamado procesamiento jerárquico, que fue propuesto por Hubel y Wiesel ya en el año 1962 y del que ya hemos hablado en alguna ocasión. Pero como quiera que hoy tenemos en nuestras manos este vídeo en el que podemos escuchar las vehementes palabras de Richard Feynman, volveré a explicar en qué consiste este tipo de procesamiento. Creo que lo veréis con otros ojos:

Nuestras “leyes fundamentales” comienzan en la retina. Allí se produce el primer paso en el procesamiento de la imagen que llega a nuestros ojos. Las neuronas retinianas detectan simplemente cambios locales de luminancia, es decir, señalan dónde en la escena visual se encuentran los bordes que definen cada objeto. Simple ¿no?

En un siguiente paso, las células de la corteza visual primaria determinan exactamente en qué orientación se encuentran dispuestos estos bordes, es decir, si son verticales, horizontales u oblicuos (en la imagen de aquí arriba, las células de V1 son capaces de distinguir entre las distintas orientaciones de las barras de colores). Como veis, la cosa se complica un poco más.

Estas células sensibles a bordes con una orientación determinada convergen sobre V2, donde las neuronas poseen un comportamiento más complejo. Por ejemplo, si os fijáis en los “comecocos” que hay dibujados debajo de V2, todos veréis un triángulo blanco. Ese triángulo está dibujado de forma implícita, sus líneas no aparecen, no existen, pero las células de V2 responden a ellas sin la menor vacilación. Esta es, a mi modo de ver, una de las evidencias más claras de que el cerebro está construyendo SU realidad. Esas líneas simplemente no están, pero tenemos neuronas que responden a ellas.

Posteriormente, pasamos por V4, donde las neuronas responden a formas tan complejas como las que veis en la imagen, y finalmente, llegamos a la corteza inferotemporal, donde se produce la detección en la escena de objetos concretos (botellas, caras, muñecas, ordenadores, bolígrafos, arroz negro, cualquier cosa). Cualquier objeto que podamos reconocer, está representado ahí.

Este es nuestro “fenómeno final”, que emerge gracias a la combinación y recombinación de la actividad de las neuronas de la retina. Neuronas que basan su propia actividad en un principio tan sencillo como la detección de bordes…

Parece un truco de magia ¿verdad?

Ahora sí, os pongo el vídeo:

Si no puedes verlo, está aquí. Los subtítulos se activan dándole a CC en la barra de abajo.

Luis Martínez Otero y Manuel Molano